14 noviembre, 2016

No puedo.

No puedo, me dijo.

Crecen, y con ellos las preocupaciones.
Cambian los miedos, las angustias.
Cuando pasa el tiempo te das cuenta de lo fácil que era de bebés.
Crecen y te encuentras frente a ellos, personas, iguales, y aterra equivocarse.
Aterran sus miedos, sus dudas.
Su sufrimiento.
Aterran tus miedos, tus dudas.

No puedo, yo no se hacerlo, me dijo.
Y me dieron ganas de darle el mundo en una mano, de enseñarle que procede de la fuerza, de la más grande de las razas. La humana.
Y quise gritar que eso no era posible, que él era grande, el más grande, increíble, capaz de lograr cruzar todos los mares a los que llegue.
Un Dios.

No puedo, me da miedo, me dijo.
Y sentí que podríamos juntos, que siempre estaría a su lado para cruzar cualquier abismo, que siendo hijo mío jamás conocería la derrota.
Que la derrota no existe, que el nació perfecto y lo será siempre.
Que el miedo no forma parte de nuestro vocabulario.

No puedo me dijo.
Y grité que siguiese intentándolo, que la rendición no es posible, que hay que seguir adelante.
Que siguiese adelante, que volase, que creyese en si mismo.

No puedo me dijo.
Y me dio miedo que llevase razón.
Y me dio miedo querer vivir su vida en mi consuelo.
Y me dio miedo errar obligándole a saltar al vacío creyendo que aprendería a volar con el salto.
Y perdí la valentía de repente por miedo a perderle.
Miedo.

No puedo repitió.
Y me descubrí creyendo que tal vez fuese cierto, que la enseñanza no es convencerle de que lo intente, de que puede, sino acompañarle para no rendirse pese a sus límites.
Enseñarle a buscar nuevos comienzos, nuevos horizontes.
Conocerse, saberse humano, equivocado en ocasiones, a veces incapaz, a veces pequeño.
Descubrir sus miedos, no para superarlos, sino para convivir con ellos. Para crecer con ellos.
Para hacer de tu oscuridad caminos que lleven hacia la luz.
Para descubrir la luz en la oscuridad. Porque no hay ceguera mayor que la del que mira al sol.

No puedo dijo. Y le hablé de soñar, de vivir, de creer también en tus incapacidades.
De conocimiento, de vivir el momento, de no rendirse por encontrar un muro.
Lo salto? Lo rodeo? Vive, le dije, y elije en cada momento tu paso. A veces tendrás que pararte, pero no para rendirte, sino para pensar como continuar, para redescubrirte.
Seguir adelante siempre, aunque sepas que no puedes.
Y si se acaba el camino da la vuelta, desanda tus pasos y busca el lugar donde te equivocaste.
Porque todos los no puedo son un nuevo comienzo.

No puedo, me dije.
Y decidí seguir adelante, redescubriendo la maternidad desde todos los caminos.
Algunos difíciles, algunos dolorosos, todos a su lado.

No puedo, me dije. Y decidí vivir todos los momentos como el único.
Y decidí que mañana me preocuparía de los no puedo, y hoy viviría los ahora.
No puedo me dijo.
Y yo le contesté:
      no importa...yo te quiero.

Fuente: Blog Princesas y princesos.
Imagen de La mente es maravillosa.
Edición de Marie Martínez.